Nanam
De Mariana García


Los tenían en aquel bar. Trabajaban allí sin querer, con la sensación constante de que quienes les miraban buscaban consumar lo de siempre.
Conociendo la inmovilidad que tienen las autoridades y vecinos con este asunto, una pareja de sesentones decidieron tirarse una última jugada y sacar los niños que pudiesen de aquella cantina. En aquella madrugada ordinaria, los viejos lograron sacar a cinco de ellos por una de las ventanas traseras del local. La tarde anterior, Nanam había visto como en recuerdos de pesadilla, que los hombres que siempre le venían para encima se convertían en sombras borrosas. Era lo único que recordaba una vez se encontraron los siete en el cruce de calles en cruz donde les llevaron los viejos. Estaban en la entrada del pueblo. Allí el viejo les dijo que eran libres, que hasta allí podían ayudarlos. Uno de los niños había desaparecido. El otro siguió un camino, contrario al que Nanam escogió para irse, y las dos muchachas dijeron que ellas tenían que hacer algo primero. Se metieron en una casa abandonada que quedaba en una de las esquinas del cruce. Nanam
sabia que iban a curarse. Decidió no esperarlas porque creía que tardarse en escapar, era lo que la gente del bar necesitaba para encontrarlas. Observó al viejo recostándose en aquella piedra enorme, y nerviosa, continuó su camino.
Caminó hasta encontrar un puerto. Se metió en los muelles y allí se dio cuenta que los buscaban. Eran tres tipos y una tipa que reconoció de inmediato. Estaban cerca. Antes que la vieran se metió en un baño. Pero antes de entrar, tomó una ropa que encontró tirada en el piso. Eran unos tenis enormes, una camisa y una máscara de cara completa. Cuando salió, se había puesto los pantalones al reverso, el broche le quedaba en la espalda y los bolsillos traseros debajo del ombligo. Con la camisa hizo lo mismo. Se había cambiado el pelo lacio negro de manera que le cubriera la cara y se acomodó la máscara por la parte de atrás de la cabeza. Los tenis se los puso al revés, encima de los de ella, bien amarrados para que no se le salieran.
Ya fuera del baño y con esta nueva apariencia comenzó a caminar. Los sujetos estaban dando una ronda por los baños y la vieron. Para que la inflexión de las rodillas no se notara, y no se viera que caminaba al revés, Nanam caminaba lentamente, arrastrando los pies. Observaron ellos a esta persona enmascarada, con problemas para caminar y con ropa más grande que la requerida por su tamaño. Pensaron que era un vagabundo loco y la pasaron por alto. Nanam continuó caminando, rígida, con el corazón a mil millas, esperando que el tiempo fuera otro donde ellos ya no estuviesen allí. Pero a la tipa se le ocurre que quién más que un vagabundo podría saber de la gente, de un grupo de niños que pasmados y solos habían pasado
por allí el día, o la noche anterior. Se le fue a acercar a aquel hombre que se alejaba dándoles la espalda. Nanam atravesó por el pelo la mirada y vio a la mujer que le venía de frente. El espanto le recorrió el cuerpo, se le posó en la cabeza y le explotó en pánico. Mientras se viraba para correr lejos de allí, se quitó los tenis y la máscara de un zarpazo, que le sacó también el pelo de la cara. La mujer se quedó aturdida por tres segundos. Reaccionó. Grito por ayuda y la comenzó a perseguir.
Nanam corría, y era corrida por los muelles. Ella tenía once años, su complexión física era la de una oriental, baja en estatura y estaba muy flaca. Con pocas energías en su cuerpo corría casi dejando el pánico que le obligaba a escapar pendiendo de su espalda. El miedo de que la agarraran era tal que la velocidad con que corría no armonizaba con el tamaño de su cuerpo. Pero ellos también corrían rápido. La lograron acorralar de manera que se tuvo que subir a un yate de espacios anchos y piso de madera encerada. La encerraron en el bar, con la mujer. Las paredes de aquel sitio eran de cristal y se podía ver la borda por uno de los lados. Nanam se quedó quieta donde estaba, respirando con grandes bocanadas y mirando a la tipa que parecía parar la persecución. Esta estaba parada al lado de la puerta que daba a la borda, los hombres estaban al otro lado de las paredes de cristal. Se acercaron al salón. Nanam los vio. La única que custodiaba la
otra puerta era la mujer así que Nanam se le abalanzó para tratar de salir. Cínica, aquella le abrió la puerta cuando Nanam se acercó con velocidad y una vez trató de salir la agarró fácilmente por los brazos. Pero nunca se cuenta con lo escurridiza que puede ser una persona en apuros. Resbaladiza y flaca, la niña se le zafó y se fue corriendo por la borda.
Mientras la corrían por la borda, Nanam se percató que el yate había zarpado pero estaba regresando al atracadero, y a gran velocidad. No veía bien, estaba sudando frío y tenía una cortina gris en la pupila, de esas que aparecen cuando el cuerpo ya no tiene energías para moverse y sólo le queda la sangre de sustituto. Además, era mediodía; la borda estaba pintada de blanco, las sillas eran blancas, las barandas, el piso. Nanam se agarró de una baranda y entendió en blanco el saberse vencida. Cuando la atraparon, los raptores se dieron cuenta que el yate iba a chocar con el muelle. Llevaba demasiada
velocidad para salvar el impacto.
Corrieron entonces a resguardarse. Nanam vio una última oportunidad de escapar y se tiró al agua.
Cayó en un cantazo duro, muy duro, pero se recuperó en segundos. Para que no la vieran, decidió nadar debajo del agua. Nadó, y no sacó la cabeza hasta estar lejos del muelle. Durante el trayecto no sintió ahogarse por quedarse tanto tiempo debajo del agua, ni sintió necesitar aire, no sintió nada más que el espanto que dirigía su cuerpo. Al llegar a otro atracadero pensó que correría peligro si salía. Entonces supo que era mejor no salir. El mar era un lugar más seguro para estar, lejos de la gente, fuera de las áreas de peligro. Nanam se quedó bajo las aguas.